20 septiembre, 2021

El Devenir

Periodismo con compromiso social

La Cantina, donde la palabra se humedece: Rostros y mensajes

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Fray Fernando.

Durante la semana camino mucho. Asisto a tianguis, supermercados, hospitales, plazas públicas. Camino donde concurre gente. Advierto a hombres y mujeres con sus preocupaciones marcadas en sus rostros.

Y, como cuando ingresé a primero de primaria, aprendo a leer nuevamente.

Mi nuevo aprendizaje me orienta a rostros plenos, al lóbulo de sus orejas, a sus frescuras, arrugas, moretones y sonrisas, Aprendo a leer nuevamente a través de la cara de la gente. Revivo aquel pasmo ante el enigma profundo de las vocales y consonantes, el esfuerzo del desciframiento, la tarea lenta y balbuciente de exprimirles su sentido a las frases. Hoy encuentro nuevos enunciados, mi boca y labios deletrean mientras mi lengua dilucida los secretos ocultos en los semblantes de las personas.

La faena es agradable, se trata de retener lo oculto de lo callado. Observo a la gente, sus rostros e intento poner a mis sentidos al servicio de escuchar, especialmente a mis ojos.

A los 5 años entre al mundo mágico de las palabras y con el tiempo aprendí que las letras son un insustituible proyecto para humanizarnos y vencer aislamientos. Entendí que el alfabeto con el que ingresé a muchos universos no es la única forma de entrar a la fantasía. Yuri Knorosov, Champollion, mostraron el cómo nuestros antepasados encontraron otros modos de atravesar el horizonte con sus frases al descifrar los jeroglíficos mayas y egipcios. Desde siempre me enamoré de las tramas, la treta y el desenlace de las narrativas.

Entendí que soy parte de un universo entrelazado. Soy parte de un mundo de palabras en donde los hilos de los diversos lenguajes nos unen. Utilizamos manos, pies, el cuerpo entero para comunicarnos. Fruncimos la boca, arqueamos las cejas, movemos la cabeza, todo para reflejar lo que sentimos. Por eso, “cuando alguien se muestra transparente, cuando su mirada y su gesto reflejan con claridad lo que siente, decimos que es un libro abierto”.

En mis recorridos encuentro muchos libros abiertos. Rostros que hablan de un Yo y un Tú, y me expone ante un dilema: ¿Comprender el mensaje de cada persona con su rostro, o seguir en mi mundo egoísta y auto centrado?

Veo caras de mujeres con el sufrimiento a cuestas. En las esquinas observo rostros de niños golpeados por la pobreza. Rostros de jóvenes, desorientados por no encontrar su lugar en la sociedad; frustrados y molestos por falta de oportunidades de capacitación y trabajo.

Rostros de tarahumaras, beliceños, salvadoreños, nicaragüenses en su mayoría afro-americanos en situación de extrema pobreza. Sus rostros reflejan toda necesidad humana. En las centrales camioneras veo rostros de campesinos angustiados. Vienen a la ciudad a localizar trabajo que no encuentran o acuden con desesperación en busca de alivio a crueles enfermedades.

Veo rostros de obreros mal pagados y en la indefinición de los resultados de los cambios en el perverso outsourcing. Veo por toda la ciudad a rostros de subempleados y desempleados despedidos por efectos de la pandemia. Distingo cuerpos y rostros de ancianos, su semblante me incita a practicar mi nueva lectura y encuentro una memoria que lucha obstinadamente contra el olvido, frecuentemente fortaleza, otras veces resignación ante la marginación todo poderosa del mercado que ya no los necesita: “Para qué, ya no producen”.

¿Me desanimo? Nada de eso, cada rostro entrega lo que es, se relaciona con otros y coexiste en medio de la vida cotidiana. Cada expresión me remite a un texto, a palabras, a la integración con el otro. Caras arrugadas con broncíneos surcos, heridas del tiempo, cicatrices en manos y brazos, plumazos de rudos trabajos. Ojeras acentuadas, gorduras de maternidad y frentes dignas y orgullos ganados a pulso.

Miro a hombres y mujeres enfrascados en sus preocupaciones e intento leer a través de sus manos, callosas la mayoría, suaves, las menos. Les distingo absortos en sus dudas, incertidumbres, carencias, esperanzas y amores. Les advierto caminando por las líneas de la vida, posando sus ojos tal vez en un presente duro y complejo.

Leo en sus cuerpos páginas abiertas; partituras que invocan a la lucha y semblantes que narran lo que no está escrito.

“Puras tragedias” dirán algunos. Nada de eso, aprendí una nueva forma de lectura y con ello comprender la invitación de Albert Camus: “Siempre llega un momento en que uno debe elegir entre la contemplación y la acción”.

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