18 septiembre, 2021

El Devenir

Periodismo con compromiso social

La sabiduría del abuelo, no tiene precio…para sus nietos

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Mario Alfredo González Rojas.

Hoy “Día del Abuelo”, se nos pueden venir muchas cosas a la cabeza, pero estamos en el tiempo de que ya mucho es irremediable. Renato Leduc hizo una gran obra, que es propia para el día de hoy, hay que leerla, es el poema “Tiempo”, mismo que también se cristalizó en canción. Por mi parte, de los que la cantan prefiero la interpretación de José José y Marco Antonio Muñiz.

“Sabia virtud de conocer el tiempo”, dicen los versos, pero esa virtud si llega tarde, ya ni modo. Y eso de que “el tiempo es oro”, que reza el poema, es oro puro, pero las cosas deben ser a ”tiempo”. Después sólo queda la sola filosofía, como algo para emocionarse y vibrar nostálgicamente, con lo que podíamos hacer y no hicimos, o con lo que no debíamos realizar y nos atrevimos a hacerlo. Leí hace días el cuento “Adiós”, del francés Guy de Maupassant (1850 – 1893), el “único”, uno de los más grandes cuentistas de todos los tiempos, y no pude menos que volver a emocionarme con la prosa de este señor, de quien dicen que se ayudaba en su inspiración con el éter.

“Adiós”, trata en su parte central de un hombre llamado Pedro Carnier, que recuerda amoríos con cierta señora casada, con Julia, a la que vio durante un año, y luego por ciertas circunstancias la tuvo que dejar; por una parte era difícil verse, porque la doña era casada. Cosas de la vida. Y pasó el tiempo y un día, se encuentra Pedro con su amigo de la juventud, Ricardo, y como es lógico, comenzaron los recuerdos a florecer en las palabras de ambos. Pedro le contó lo de esa señora y de cómo aconteció después, algo inesperado y triste para esa relación.

Habrían de transcurrir 12 años de no verse Pedro y Julia, cuando en una ocasión, el primero va a tomar el tren para trasladarse de París a Maissons – Lafitte, a una reunión de negocios. Acabando de abordar el tren, se sentó a su lado una señora un tanto pasada de kilos, con sus cuatro niñas. De cuando en cuando, la señora veía a Pedro, con cierto disimulo, cosa que fue notada por el parisino. Hasta que en cierto momento, la señora, de plano se le quedó viendo de frente, al tiempo que le decía: “perdone, ¿no es usted el señor Carnier?”

“Sí”, respondió Pedro, algo sorprendido. Luego la dama le preguntó, que si no se acordaba de ella, a lo que dijo el hombre que de momento, no. Luego, tuvo que decir que sí, pero de su nombre no tenía memoria. “Me llamo Julia Lefevre”. No era “aquella mujer cálida y bella”, que dice una canción mexicana – “Amémonos” – , que había conocido en la playa de Etretat; era una mujer obesa, de movimientos lentos y torpes.

 Expresó Julia, que como estaba muy cambiada, posiblemente por esa razón no la reconoció de inmediato, “pero – agregó – usted también está muy cambiado, tiene el cabello completamente blanco”. Después de su reunión con los amigos, Carnier acudió a su hotel, en donde presa de una gran inquietud se fue a auscultar ante un espejo. Acto seguido, con asombro y dolor, dijo a su amigo: “imaginé mis bigotazos y mis cabellos negros, mis facciones juveniles, mis ojos penetrantes”.

El tiempo no perdona, pero nos deja muy sabias enseñanzas, que conviene compartir con los nietos, si es que éstos se dejan.

¡Feliz Día del Abuelo!

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