18 septiembre, 2021

El Devenir

Periodismo con compromiso social

Las “Ardillitas” de Lalo Guerrero y los candidatos políticos

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Mario Alfredo González Rojas.

Hace algunos años se pusieron de moda las canciones entonadas por las famosas ardillitas de Lalo Guerrero, que eran muy escuchadas por la radio. Eran una versión al español de las Alvin y las ardillas de Ross (Bagdararian). Se hicieron muy populares las canciones “En Navidad”, y “En la escuela”, entre otras. Pero para mi gusto, la que más pegó fue la que se refería a las promesas de un candidato, cuyo título no recuerdo.

Veamos, las ardillitas eran Pánfilo, Anacleto y Demetrio. En la canción de las “promesas”, se dejaba ver la realidad de las campañas, en las que se hacen mil compromisos, que sólo creen los “santos” inocentes. Se prometía, que habría albercas de limonada y cosas por el estilo. Algo así como lo que resplandece con letras de oro en la mayoría de los candidatos, en cada campaña sea del nivel que sea.

La congruencia, señores, la congruencia entre el hablar y cumplir,es lo que escasea en cada proceso electoral. Las campañas suelen ser como los noviazgos, en que se pinta un mundo de color de rosa y luego salen las mentiras. Promesas viables suelen ser muy pocas, las más de las veces resultan puras fantasías, vertidas en discursos, spots, trípticos, visitas domiciliarias, amén de los gastos millonarios, que se maquillan, abultando o disminuyendo las cantidades, según sea el fin.

De nada valen las promesas que se sellan con la certificación de un notario público, porque a la mera hora ni quien se acuerde de los sacrosantos representantes de la ley, para hacerle pagar de alguna forma su osadía, al que en sus horas de candidato se extralimitó con sus promesas. Recuerdo cómo en la obra más famosa de Gabriel García Márquez, Cien años de soledad, en Macondo, pueblo que es el epicentro de todas las peripecias que se suceden en el libro, llega el momento en que los habitantes del lugar pierden la memoria.

En días previos a ese vacío de la mente, algunos acuerdan poner nombres a las cosas, a los animales, para saber qué eran y para qué servían. Y pues a la mera hora, se les olvidó cómo es que se leía, se volvieron los moradores del pueblo unos analfabetos. Es algo así, como cuando queriendo uno ser muy organizado se compra su agenda y anota religiosamente cada uno de los pendientes.

Pero, pero acontece que se nos olvida consultar la agenda, y pasa en blanco el día. Y pues un buen día, volviendo al caso de Macondo, llega un mago o cosa por el estilo, y les da un brebaje mágico a los pobladores del sitio mencionado y recobran la memoria.

En la realidad de nuestra política, no hay fórmulas mágicas, ni rompedores de hechizos. Únicamente, pululan por doquier, salvo muy honrosas excepciones, los fabricantes de promesas, a los que les gana la labia, esos que son muy “francos” (así se catalogan) y dicen lo que piensan, pero no piensan lo que dicen. ¿Verdad? Los congruentes con su pensamiento y moral, son “garbanzos de a libra”.

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