5 diciembre, 2021

El Devenir

Periodismo con compromiso social

Los 15 años de Ximena

4 min read
Opinión.

Una reflexión personal.

Hace cosa de ocho o nueve años, ¡cómo pasa el tiempo!, fui a una fiesta de quince años. Escribí algo al respecto y todavía me río.[1] 

El fin de semana pasado tenía pensado asistir a los quince años de Ximena, la hija menor de un buen amigo mío, Héctor Granados, mejor conocido como “La Tortuga” (mote sobre el cual existen varias teorías que van de su innegable aspecto de quelonio o el caminar pausado, hasta ciertos hábitos de ensueño nocturnos, poco edificantes e imposibles de describir en estas páginas). 

Pues bien, pensaba ir y no fui. No fui porque desde el viernes 15 empecé a agonizar. Hubo avisos previos que desoí, desde el martes empecé con un dolor de garganta pertinaz que equivocadamente atribuí a la mala influencia que el Adolfo ejerció sobre mí durante su estancia por estos lares; pero no, era un simple resfrío (sí, la prueba COVID salió negativa). Claro que lo de “simple refrío” es un modo de hablar, porque alcancé nuevas y funestas cimas en ese asunto de enfermarme y sentir que me moría. 

Ya antes me había enfermado, toda mi niñez me la pasé enfermo. Escarlatina, sarampión, viruela, paperas, bronquitis, dos fracturas (no expuestas, a Dios gracias), alergias, bueno, ¡hasta hepatitis!, pero lo de la semana pasada, eso sí fue un resfrío en forma y no minucias. 

Nunca me había ocurrido que tuviera que meterme a bañar para bajar la temperatura corporal, pos esta vez sí, dos veces. El méndigo termómetro parecía electrocardiógrafo, no paraba de subir y bajar. En mi desmayo, llegó un momento en que pensé que más que fiebre, lo mío era una especie de rapto musical. Me sentí como la bolita de Garibaldi (en sus años buenos) esa de: “yo tengo una bolita que me sube y me baja. ¡Ay! Que me sube y me baja”. No deliré más porque, ¿p’a qué?, con el surrealismo cotidiano basta y sobra. 

Total, a los famosos quince años no fui. Lo siento, pero tampoco era cuestión de ir a esparcir víruses a cada voltereta (quienes me han visto bailar ya saben de lo que hablo). 

A Ximena la conozco desde que estaba chiquita. Como suele ocurrir, diferente a sus padres, Xime es la suma de los dos. Así somos los hijos, síntesis de nuestros ancestros; a veces, es una nariz, un mentón, un par de orejas o de ojos, las manos, la estatura, pero siempre algo se cuela entre nosotros de aquellos a quienes llamamos familia. 

Pues bien, mi ausencia no creo que se haya hecho notar sobremanera ni será ocasión de lamentarlo siquiera; y es así porque, pase lo que pase, intuyo que Ximena y yo, en los años por venir, tendremos ocasión de vernos de nuevo. No se me olvida, por ejemplo, esa promesa pendiente de cumplir de que vamos a ir a una alberca en compañía de mis nietas (este año ya no se pudo, esta veleidosa temporada de lluvias y este frío tempranero dieron al traste con esos planes); como sea, lo cierto es que, de esa ausencia, lo que más lamento es no haber podido ir a cenar de gorra y no haberla visto bailar, con su papá, el consabido vals (aiga sido el que aiga sido). 

Solo puedo imaginarlo: ella, vestida de fiesta para la ocasión; jubilosa, colmada de dicha, con esa sonrisa ancha y limpia que la caracteriza, con alas en los pies, en los ojos pizpiretos, en el alma; y él —por fuerza enfundado en un traje dos tallas más chico—, él debió reflejar en cada acorde, en cada giro, en cada pausa, todo el orgullo, todo el amor, toda la ternura, que le profesa a su princesa, a su hijita adorada. Confío en que el corazón de Ximena guarde por muchos, muchos años, todos los que le restan por venir, ese momento, ese dulce recuerdo; ese preciso abrazo de su papá, con el que también la estaban abrazando su mamá, su hermana, su familia toda, sus amigos, sus seres queridos, haciéndole saber que la vida fluye a través del cauce del amor, de la amistad, de la compañía; que la vida pasa, que la vida sigue y que lo único que tenemos al final es el amor de aquellos que nos aman y aquellos a quienes amamos. E incluso, de gente como uno que, a la distancia, escribiendo o leyendo estos párrafos, le desearán a Ximena y a los suyos, toda la felicidad del mundo. 

Que seas muy feliz, Ximena, que tus sueños se colmen; y que tengas una familia a quien amar y que te ame, que te arrope y te cuide para muchos, muchos, muchos años más. Dios te bendiga, mi niña hermosa. 

Contácteme a través de mi correo electrónico o síganme en los medios que gentilmente me publican cada semana, en mi blog: http://unareflexionpersonal.wordpress.com/ o también en Facebook (Luis Villegas y Luis Villegas Montes). 

Luis Villegas Montes. 

luvimo6608@gmail.com, luvimo6614@hotmail.com 

El Devenir. Derechos reservados 2021 | Newsphere by AF themes.