viernes, julio 01, 2022

Benito Abraham Orozco, Buzón

Los programas para el bienestar y la falta de medicamentos

Aún y cuando existen dudas sobre cómo se podrán seguir sustentando los diversos programas para el bienestar implementados por el actual gobierno federal, sin afectar las arcas públicas en el corto o mediano plazo, también existe la convicción de que son muchas las personas que merecidamente se han visto beneficiadas con los mismos, aunque en un sinnúmero de otros casos no se justifiquen tales apoyos.

         Programas como el del bienestar de personas adultas mayores, para personas con alguna discapacidad, para niñas y niños hijos de madres trabajadoras, el programa Sembrando Vidas y el de Jóvenes Construyendo el Futuro, han llegado como verdaderos paliativos para sus beneficiarios, pero no como una solución digna y definitiva para sus necesidades.

         El que, por ejemplo, un adulto mayor reciba cada dos meses 3 mil 100 pesos, que un joven que no estudia ni trabaja reciba un apoyo mensual de 4 mil 310 pesos, o que una madre o padre soltero y trabajador reciba para cada uno de sus hijos de uno y hasta cuatro años un apoyo bimestral de mil 600 pesos, está lejos de remediarles sus carencias y preocupaciones; empero, como se dice coloquialmente, “peor es nada”.

         Las anteriores, son cantidades que nada tienen que hacer ante la falta de atención médica y de medicamentos que día a día afectan a millones de mexicanos. Lo elevado que se encuentran los precios de la energía eléctrica, la gasolina (cuando se cuenta con algún vehículo), el gas, los productos de la canasta básica, el vestido, la educación, la vivienda, etc., no permiten siquiera pensar en sobrellevar los gastos ordinarios de una familia con los apoyos que está ofreciendo el gobierno federal.

         Y si a lo anterior le sumamos que, en algunas zonas del país, por las condiciones de inseguridad o de lo complicado de sus caminos para poder llegar a ellas, todo se encarece aún más, pues ya no podremos hablar de paliativos, sino de una ínfima caridad.

         Si una persona que padece diabetes e hipertensión —por dar sólo un ejemplo—, como ya es costumbre en las instituciones de salud, no le proveen sus medicamentos, deberá gastar cuando menos 2 mil o 2 mil 500 pesos mensuales para adquirirlos, por lo que los apoyos antes referidos no alcanzarán siquiera a cubrir dicha necesidad, ya ni pensar en los demás requerimientos más apremiantes como lo es la alimentación, entre otros.

         Durante el gobierno del presidente López Obrador, el salario mínimo ha aumentado poco más del 60%, pasando de 88.36 pesos en 2018, a 141.7 pesos en 2021, lo que aunado a los apoyos antes referidos, pudieran considerarse como un verdadero esfuerzo del actual gobierno federal en favor de los más desprotegidos. No obstante, se insiste, de qué forma podrán seguir sosteniendo las finanzas públicas tales avances. Esperemos que todo lo anterior no resulte contraproducente, y que al término de la presente gestión federal, no nos encontremos con un desastre presupuestal.

         Ya son varios los empresarios chihuahuenses que han sugerido que el salario mínimo mensual debe rondar en los 20 mil pesos, lo que indudablemente contribuiría a dotar de un ingreso digno a todas las familias, siempre y cuando se implementen esquemas que no traigan aparejada la inflación. El salario mínimo diario vigente de 141.7 pesos, que al mes resulta en 4 mil 251 pesos, se ubica muy lejos de la propuesta formulada por los empresarios mencionados.

         Muchos mexicanos —¿la mayoría?— cuentan con el ánimo y la creencia de que no somos capaces de generar un alto bienestar para todos, como sucede en los países del “primer mundo”, pero uno de los grandes problemas para lograrlo es, además de esa actitud, la falta de voluntad y de acuerdos de quienes detentan el poder político y económico. Que bueno sería que Chihuahua pudiera poner el ejemplo al respecto, contando con trabajadores en todos los niveles bien pagados, motivados y dispuestos a esforzarse y a comprometerse con sus patrones para ser más productivos, a fin de que estos también se vean beneficiados en sus ganancias, aportando así mayores ingresos al erario estatal, que impulse el bienestar de todas las zonas y familias de este gran Estado.

         Debemos pasar del asistencialismo gubernamental, al reconocimiento sustantivo de la dignidad humana de los gobernados, proveyéndoles de las herramientas adecuadas (educación, trabajo, capacitación, etc.) para que, de manera permanente y vitalicia, puedan disfrutar de la buena calidad de vida que toda persona merece.