3 agosto, 2021

El Devenir

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Maximiliano, condenado a muerte, según la ley, no por el criterio de una corte marcial

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Mario Alfredo González Rojas.

Un hecho histórico de gran relieve para los mexicanos, lo fue el vencer al imperio de Maximiliano de Habsburgo, que durante tres años se aposentó en nuestro país, contando con el apoyo de Napoleón Tercero, emperador de Francia. Ayer 15 de junio se recordó la petición, que en 1867, hicieron por carta al presidente Benito Juárez, los abogados defensores de Maximiliano, Mariano Riva Palacio y Rafael Martínez de la Torre. La misiva la recibió el Benemérito en San Luis Potosí.

Los ojos del mundo estaban pendientes de la suerte que correría el intruso, que de 1864 a 1867, fungió como emperador, con el beneplácito del partido conservador, así como de la Iglesia Católica. Juárez, había sido presidente de la Suprema Corte de Justicia, y en ese antecedente era un conocedor a fondo de la ley, así como de todo el procedimiento jurídico que se estaba llevando a cabo. Conocía la Constitución y no dependía para hacer sus deducciones, de lo que en un momento dado, determinara la Corte Marcial que tenía el caso en sus manos. Sin embargo, se tendría que realizar el proceso, poniendo en juego en esa circunstancia lo que establecía la Ley del 25 de enero de 1862, en relación con los delitos contra la nación, el orden, la paz pública y las garantías individuales. No creía el presidente que todo quedaba a criterio de los juzgadores; el espíritu de la ley era muy claro, no estaba sujeto a controversia, como es el caso ahora esgrimido por el presidente de la Corte, Arturo Saldívar, quien ha decidido dejar en el dictamen de los ministros la decisión de autorizar la prolongación de su mandato o no.

Benito Juárez siempre dijo, la ley es dura pero es la ley, de acuerdo al precepto sentado por el Derecho Romano. Y Saldívar, aún a sabiendas de que constitucionalmente no puede alargar su cargo por dos años, se hace el occiso, en el ánimo de no contradecir al presidente de la república, que así lo determinó con la complicidad del Congreso, y en el deseo encubierto de dirigir por el tiempo señalado a la Suprema Corte.

Fueron muchas las voces que se alzaron entonces para pedir el indulto para Maximiliano, entre ellas la del escritor francés Víctor Hugo, quien le envió una carta a Juárez, en la que le decía que no ensombreciera su defensa de la ley con la muerte del austriaco. Sólo contestó Juárez, que él no lo juzgaba, que eran las leyes de su país las que decidirían. También la princesa de Salm Salm fue a ver a nuestro presidente, para suplicarle, de rodillas, el perdón, incluso se cuenta, claro sin pruebas fehacientes que, no se daría por mal servida en el terreno muy personal de las complacencias, a lo que dicen que dijo Guillermo Prieto: “ahora o nunca señor Juárez”.  El hecho fue, que le llovieron peticiones por todas partes al incorruptible salvador de la patria.

La ley del 25 de enero era contundente y ni modo. También el emperador había sacado su ley del 3 de octubre de 1865, en la que se condenaba a muerte a todo aquel que fuera encontrado con un arma, fuera donde fuera; se le acusaba de atentar contra el imperio, y en un plazo de 24 horas era pasado por las armas.

No prosperó la solicitud de Riva Palacio y Martínez de la Torre, porque el intruso fue hallado culpable. La Corte Marcial hizo justicia conforme a la ley, el proceso únicamente había sido el formalismo que se requiere en toda acusación. No se actuó conforme a criterio, no había por qué hacerlo. El criterio se usa con criterio, por así subrayarlo.. Esto lo tiene muy claro cualquier abogado y cualquier juez, que así debe ser.

Salir con artimañas como Arturo Saldívar, para intentar alargar su mandato dos años, es un juego sucio que atenta contra el Estado de Derecho.

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