23 septiembre, 2021

El Devenir

Periodismo con compromiso social

Mi camino de Santiago

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Opinión.

Una reflexión personal.

Ya de vuelta. 

Al Camino de Santiago llegué hace la friolera de cincuenta años. Me llegó de la mano de un viejo poema que escuché no viene al caso decir dónde ni porqué; solo sé que ese peregrinar me estaba esperando desde hacía muchos años y que debía ser ahora. 

Pero no fue. 

Resulta que sí, que el Adolfo y yo avanzamos muy chichos los primeros 20 kilómetros y ya lo demás dejó de ser Camino de Santiago para empezar a ser Viacrucis (dicho así para no perder el misticismo y honrar toda la agonía). 

El Adolfo, que por lo general no pide nada para sí (aunque sí pide) aceptó mi oferta de comprarle unos tenis porque ya no aguantaba sus patitas y yo, ¡yo!, al segundo día ya no podía ni con mi alma. 

Claro que el muy animal de yo (el Adolfo qué), no me preparé; se sugiere que los peregrinos carguen, si acaso, la séptima parte de su peso, yo llevaba cinco libros, pantalones de mezclilla y ropa interior como si fuera a un resort; una tablet y un montón de aparatejos para cargar el reloj, los celulares, etc.; Adolfo… bueno, el Adolfo llevaba cargando su lap top, con eso les digo todo, y, ¡cómo no!, como su papá, su buen montón de libros. 

Por cierto, mis botas de toda la vida, esas botas con las que recorrí buena parte de los países por donde he viajado y que junto con mi gorra y un pañuelo colgado a la cabeza hicieron pronunciar a un español de mala leche: “¿tío, pero vais al Sahara?”. Méndigo, pues bien, esas botas, que tan buenos oficios prestaron a la patria kaput. En el camino, en un demorado y nada sensual striptis fui dejando prendas por aquí y por allá; había que hacerle espacio a los libros que me traje. Llevé tres, regresé con 37, literal. Leí 22. ¿Qué hice pues por allá? Usted concluya, bebí cerveza como náufrago (como náufrago que bebe cerveza) y leí, leí, leí. Dice el Adolfo que es como si no hubiera yo leído dado lo poco edificante de mis elecciones, pero a estas alturas de la vida, sobre lecturas, la única opinión que tomo en cuenta es la mía. 

Entre chucherías, libros y ropa, ni Adolfo ni yo estábamos en condiciones de continuar, a mí me salieron ampollas hasta en el alma y descubrí que mi frondosa anatomía obedece a que tengo músculos en mi cuerpo que yo ignoraba que tenía. El Adolfo ídem. Derrengados, después de caminar siete kilómetros más durante la segunda jornada (en total hicimos 30 y tantos), llegamos a un hostal, bebimos y comimos de manera desaforada y pedimos un taxi que, oh, my God, nomás llegar el chofer preguntó: “¿al hospital?”. 

Si hay una manda, una enseñanza, un algo detrás de ese peregrinar, creo que se lo voy a abonar a San Judas y celebrar así una especie de trueque espiritual. In God we turst

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