domingo, agosto 07, 2022

Buzón, Luis Villegas Montes

Mis malas caras

Una reflexión personal. 

Si hay algo que me ha acompañado toda la vida — (“¿por qué será?”) me pregunto yo, presa de la incertidumbre— es mi cara. En efecto, desde chiquito, cachetón o no, ojón o no, medio blanquito, pero ahí ha estado mi cara conmigo, todo el tiempo. Lo que viene a cuento porque en las últimas semanas, este asunto me saltó a la ídem. 

Estábamos en Juárez, en un evento de capital importancia para la reforma laboral que se está implementando en Chihuahua, como lo es el arranque del programa para integrar los centros de conciliación en la Entidad. Estábamos, pues, retecontentos todos, y no faltó alguien que me preguntara, bajita la mano, que quién se me había muerto. Y ahí estoy yo, de zonzo, “no, nadie, por lo menos recientemente. Oye, ¡pero qué bonito les quedó todo!”; y así. Y el otro, sin darse por aludido: “No, de veras, ¿quién te pegó?”. “Ohhh, ¡qué no, Chihuahuas!”. 

Esta justificada manifestación de molestia llamó la atención de algún otro amigo; respiré hondo y pensé que no tardaría en venir en mi auxilio para aclararle al otro encajoso que no, que yo estaba muy contento, que nomás viera cómo me brillaban los ojitos. Pero me equivoqué de medio a medio porque el otro tarado también llegó preguntando: “Oye, sí es cierto, ¿qué te pasó? ¿Qué tienes? ¿Por qué esa jeta?”. Ya para entonces, si no se me había alborotado el mal humor, estaba a punto. El asunto es que alguien me enseñó una foto y no tuve más remedio que admitirlo: sí, ¡traía una cara! 

Ahí fue donde decidí que debía tomar cartas en el asunto y desaparecer, o intentarlo al menos, ese aparente mal humor o permanente enojo en ciernes que me caracteriza el gesto. 

Así llegó el miércoles cuatro de mayo. Esa fecha debía presentar, al lado de distintas personalidades, el libro La Censura Horizontal, del doctor Javier Contreras; y, como era mi segunda aparición en público en menos de catorce días, me dije: “A mí no me vuelve a pasar, ni de chiste, no Señor, me podrá ocurrir una vez (durante medio siglo), pero ni una más. ¡Ni una!”. 

Me acerqué a Palacio de Gobierno por la avenida Aldama, ahí en Revistas Loya compré un cigarrito, me lo fumé para tranquilizarme, acomodé el paso, me rehice el nudo de la corbata y alisé el pliego de hojas que guardaba en el bolsillo interior del saco; confiado en mí y en mi capacidad de autoregeneración, me introduje en el histórico recinto y, seguro de que una sonrisa, segura, tranquila y reluciente, adornaba mi semblante, me dispuse a saludar a la concurrencia. 

Saludé sí, a diestra y siniestra y ya por fin empezó el evento. Más tranquilo y sosegado no me podía sentir y yo estaba cierto de que la beatitud que me embargaba en esos instantes, de que la paz espiritual que me habitaba, debía verse reflejada en mi rostro moreno. Todo transcurrió en orden, finalizó el programa y vino, como es común en ese tipo de saraos, una invitación a degustar un sencillo ambigú; seguí saludando conocidos de aquí y de allá, hasta que la recepción terminó. 

Para mi desgracia (o fortuna), al día siguiente, alguien me mandó una foto y ahí estaba yo. Nunca, nunca, nunca, nunca había estado tan concentrado en mostrar al público asistente mi mejor cara. 

No sé yo en que punto de la velada mis buenas intenciones se fueron al carajo, se me olvidó mantener el performance o simplemente me ganó mi naturaleza solemne que se caracteriza porque me concentro con todas las fibras de mi ser a la hora de escuchar a alguien hablar —y, como buen varón, no puedo hacer más de dos cosas al mismo tiempo—, pero lo cierto es que más hosco, huraño, ceñudo y arisco no me pudo salir el gesto. 

Ahí nomás me dije a mí mismo: “Mí mismo, hasta aquí llegaron tus ínfulas de actor, no tienes madera ni talento; y además, tienes los dientes chuecos y no hay forma de que mantengas abiertos los ojos por más de un minuto”. 

Sirvan estas líneas para ofrecer una disculpa anticipada a todas aquellas personas con que me voy a cruzar durante los años por venir; lo prometo, ni enfurruñado ni nada; apenas un miope sin remedio que va por la vida con voluntad de servir, pero sin la intención de agradar. 

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Luis Villegas Montes. 

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