20 septiembre, 2021

El Devenir

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¿Quiere saber de tristezas de los olímpicos mexicanos? Recuerde estas

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Mario Alfredo González Rojas.

Son a veces, muchas las dificultades que viven los jugadores que representan a su país en Juegos Olímpicos. Los aficionados nada más vemos su participación, sin saber qué hay detrás de todo aquel escenario de luces y aplausos. Y no vemos a algunos, porque los eliminan los propios dirigentes del deporte.

Para llegar a ser un olímpico se sufre, se lucha por mucho tiempo, y lo más triste de todo es que se les pague mal. Historias hay muchas que contar. Fíjese, por ejemplo ahí está el caso de los Juegos Olímpicos de 1936, realizados en Berlín, en lo relacionado con la representación de México en básquetbol. De momento se me escapa el nombre de un jugador, que siendo seleccionado, a la mera hora pues no fue por falta de recursos. ¿Recursos para qué? ¿Qué tienen que pagar de su bolsa los deportistas? El hecho es que no fue, y el equipo en lugar de contar con doce elementos, contó con once. México ganó la medalla de bronce, y la medalla número doce se la regalaron al señor Naismith, el inventor del básquetbol, que sí tuvo la oportunidad de asistir a los Juegos, sorteando por cierto numerosas dificultades económicas; siendo ayudado por amigos, al fin pudo completar para sus gastos, aunque modestamente. Y a él le dieron los mexicanos la medalla, que era para el jugador ausente.

En 1948, en los Juegos Olímpicos de Londres, le pasó algo muy triste a un boxeador chihuahuense, oriundo de Ávalos. Sucede, sucedió que días antes de la presentación de Conrado en los Juegos, se perdió una cámara fotográfica que era de la delegación de box de Argentina, y como varios pugilistas mexicanos habían coincidido con los de ese país en los entrenamientos, lo más inmediato y fácil fue echarles la culpa a los mexicanos Ángel Arriaga y Lucio Moreno, junto con Conrado Castañón, que entrenaron en esa ocasión cerca de ellos.

Se puso el grito en el cielo y en resumidas cuentas, se les sacó de la delegación a estos muchachos. Después apareció la famosa cámara, se disculparon los de América del Sur, hasta en un documento, pero ya era tarde. Total, que Conrado, Ángel y Lucio fueron subidos a un avión con destino a México, mientras la prensa se volcó en alusiones a tan bochornoso caso. Y los afligidos mexicanos, tildados de rateros al llegar a Ciudad de México, fueron recibidos de la peor manera en el aeropuerto. Llegaron con el estigma además, de haber puesto muy mal, por supuesto, el nombre de México en el mundo entero. Las aclaraciones sobre el hallazgo de la cámara no surtieron ningún efecto, y no las difundieron en forma amplia, por lo que los “castigados” quedaron en un pésimo papel, ya de orden moral.

Luego Conrado no tenía dinero para hacer el viaje de regreso hacia tierras norteñas, pasando varios días en la peor de las penumbras. Por fin, los cuates que no faltan, le pagaron el pasaje a Castañón, quien llegó triste y feliz a Ávalos, a encerrarse en su cruel recuerdo de haber alcanzado las alturas y luego la estrepitosa caída. Así es la vida.

Ya para concluir con los capítulos tristes de los olímpicos, quiero referirme a  un boxeador que estuvo a punto de ser un “olímpico” más de la historia, pero que por azares de la vida (yo no creo en el destino)se quedó anclado en el camino, por las malvadas maniobras del centralismo tradicional que echa a perder siempre las cosas a la hora de hacer las selecciones. Presos estamos en un mundo de corruptelas chilangas, que no se sabe hasta cuándo van a dejar de prevalecer para perjudicar al deporte mexicano.

El deportista en cuestión es Baltazar Salcido, por cierto quien ya falleció hace pocos años. En 1968 era el indicado para representar a México en la división de peso gallo, sólo que se le puso al seleccionador hacerle la vida pesada, a este muchacho oriundo de Saucillo, Chihuahua. Le ganó “Balta” a José Luis Carrasco originario de Ciudad de México, en Monterrey, con lo que ya era miembro del equipo mexicano; sin embargo, los enfrentaron otra vez a loos dos ahora en Hermosillo, Sonora y volvió a pasar lo mismo: ganó el chihuahuense.

Pero, pero los quisieron enfrentar otra vez, y entonces le salió el coraje al norteño, y se le fue a los golpes al encargado de formar la selección, y ahí acabó todo: deuvieron al encorajinado Baltazar para evitar que desquitara su coraje, y enseguida se salió de la reunión, con los ojos puestos en Chihuahua, en donde fue recibido con afecto por el rector de la UACH, Carlos Villamar Talledo, el que lo confortó con palabras de aliento y gratitud por haber puesto muy en alto el nombre de Chihuahua y de la institución educativa. El muchacho había sido ya cuatro veces campeón universitario.

Bueno, ahora si por último. Antonio Durán, fue a dos Juegos Olímpicos, los de Tokio 64 y México 68. Para estos últimos, derrotó al mismo contendiente en finales por dos ocasiones, y lo querían enfrentar por la vez tercera, y entonces el juarense, aunque de nacimiento zacatecano, le tuvo que decir a la autoridad correspondiente: ¿pues qué quieren que lo mate?

Bueno, ¿no entendemos o nos hacemos?

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