domingo, agosto 14, 2022

Buzón, Gerardo Cortinas Murra

Tortuguismo gubernamental

El aparato burocrático prácticamente se paraliza en tanto se designa a los nuevos funcionarios públicos de primer nivel.

En el sistema sexenal y trianual que impera en México, con la asunción de los nuevos gobernantes (de los tres niveles de Gobierno), el aparato burocrático prácticamente se paraliza en tanto se designa a los nuevos funcionarios públicos de primer nivel, sin que ello afecte la relación laboral de los burócratas de base.

En cuanto al aparato burocrático, debe distinguirse entre la burocracia de primer nivel (funcionarios públicos) y la de base (sindicalizada). La primera, conformada con aquellos “quienes además de tener la representación de las distintas oficinas gubernamentales… son personas físicas que representan al Estado-patrón”.

Respecto al acceso a cargos de elección popular, existe un criterio jurisprudencial en el sentido de que este derecho “resulta concomitante al sistema democrático, en tanto establece una situación de igualdad para los ciudadanos de la República”; por lo cual, adquieren relevancia “las calidades de una persona que revelen un perfil idóneo para desempeñar con eficiencia y eficacia, el cargo que se le asigne, lo que debe concatenarse con el respeto al principio de eficiencia…”.

Por desgracia, en nuestro país el acceso a la función pública no garantiza que las calidades personales de los gobernantes estén vinculadas, estrechamente, a los principios de mérito y capacidad; en otras palabras, que los candidatos sean personas profesionalmente aptas y con una genuina vocación de servicio.

En el actual Gobierno federal, prevalece la infame práctica del ‘amiguismo’ en la designación de los altos funcionarios federales. Designaciones que conllevan una actitud de evidente parcialidad hacia las personas de confianza del gobernante en turno, sin importar que no sean personas aptas para cumplir, con eficiencia y probidad, el cargo público conferido.

Asimismo, el ‘amiguismo’ político contradice el criterio de que el servidor público “al asumir el cargo, manifiesta su compromiso y vocación para atender los asuntos que interesan y afectan a la sociedad, adquiriendo al mismo tiempo una responsabilidad por sus actos que se refleja en la satisfacción de las necesidades colectivas”.

En ese sentido, el principio de probidad en el ejercicio de la función pública se traduce en “una proyección individual al suponer que el servidor público debe ser racional, debiéndose apartar de todo tipo de arbitrariedad o capricho, velando en todo momento por la adopción de criterios de justicia y rectitud”.

En consecuencia, “cuando un servidor público realiza conductas contrarias a los principios de honradez y probidad, no sólo afecta al Estado en su carácter de empleador, sino que también afecta las funciones que en su nombre realiza, perjudicando por tanto al resto de la sociedad”.

Tal y como acontece en la actual administración pública estatal. Ya que, a pesar de haber transcurrido cinco meses, aún no se concretan acciones trascendentales que beneficien, de manera directa e inmediata, a la sociedad chihuahuense; ya que, al día de hoy, las acciones del Gobierno estatal se han limitado a la designación de los nuevos funcionarios públicos estatales; y a meras cuestiones financieras y de deuda pública.

Sin embargo, a mi parecer, existen asuntos de trascendental relevancia política y social que exigen acciones inmediatas para satisfacer el generalizado reclamo social. Uno de ellos, un vasto y efectivo plan de austeridad que se extienda a una considerable reducción de la burocracia estatal.

Un ejemplo de tortuguismo gubernamental, que se equipara a actos de ineptitud y de corrupción oficial, lo es la pésima labor de la titular de la Secretaria de la Función Pública, quien –después de cuatro meses– aún no dictamina las denuncias ciudadanas presentadas en contra de Javier ‘El Inútil’ Corral y del exrector de la UACH.

Mientras tanto, es un hecho notorio que el actual Gobierno estatal es proclive a promoverse a través de encuestas de popularidad, que en nada resuelven la problemática social. ¡Lástima, Margarito…!