27 septiembre, 2021

El Devenir

Periodismo con compromiso social

Tu camino

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Mauricio Islas.

La primavera de la vida se nos suele hacer larga: casi todos pensamos que somos niños demasiado tiempo; y la deseada adolescencia, cuando al fin llega, resulta, en muchos aspectos, frustrante. En ese tiempo, llegar a reconocerse en ese ser que nos acompaña es duro; cuando empezamos a lograrlo es que ya somos adultos. Y entonces empezamos a darnos cuenta de que hay cosas que hemos perdido para siempre y que sólo residen ahí, en el recuerdo, en el reino del hubiera sido…

En la madurez se suelen concretar los éxitos y los fracasos  llegan las ilusiones cumplidas y también la certeza de que hay proyectos que se van a quedar en el camino. Ahora no basta con reconocerse, es la hora de asumirse; y, a veces, no es fácil. No se trata tanto de llegar a ser coherente como de llegar a ser consciente de nuestras contradicciones y aprender a vivir con ellas.

Y en el otoño de la vida, cuando todo inevitablemente decae, aunque a veces decaiga incluso con esplendor, empieza a no tener sentido mirar hacia atrás; a estas alturas mirando hacia atrás apenas se ve con precisión casi nada; la memoria deforma la realidad como los espejos de las ferias: a veces el efecto resulta cómico . Tampoco es un momento para mirar decididamente hacia adelante: ¡da vértigo!

Y cuando los días se hacen cada vez más cortos y las ráfagas de aire frío nos anuncian que el invierno ya se acerca. ¿No será el momento de centrarse en el presente, disfrutar del regalo de estar vivo y de las sorpresas que la vida depara a quien espera aún algo de ella?

¿Y después?: sólo duraremos lo que permanezcamos en la memoria de quienes nos quieran. Por eso se hace tan evidente que lo que buscamos al llegar a viejos es, simplemente, eso: que nos quieran. Pero los méritos para ser amados entonces ha habido que hacerlos antes: ¡a tiempo!

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