26 mayo, 2022

El Devenir

Periodismo con compromiso social

Una vergüenza para la Revolución Sandinista

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Opinión.

Proveniente de una dinastía política que expolió de su riqueza al pueblo nicaragüense, al grado de ser considerado junto con su familia como los más ricos no sólo de Centroamérica, sino de América Latina en general, Anastasio Somoza Debayle fue depuesto en 1979 como presidente de Nicaragua por el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN).

         Los Somoza destacaron por su intolerancia a la oposición política, encarcelando y/o desapareciendo a sus adversarios sin pudor alguno. El suceso que desató la rebelión de los nicaragüenses, fue precisamente el asesinato del periodista Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, quien había sido un férreo opositor a las dictaduras de los Somoza Debayle (Luis y Anastasio).

         Entre los líderes del FSLN se encontraba Daniel Ortega Saavedra, quien tras el derrocamiento de la dictadura somocista, encabezó la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional, fungiendo en consecuencia como presidente del país centroamericano. En dicha Junta también lo acompañaron Sergio Ramírez y Violeta Barrios de Chamorro (viuda del mencionado periodista asesinado), entre otras personas, que a la postre se convirtieron en adversarios de Ortega.

         La gobernanza sandinista no fue sencilla, ya que con el financiamiento del gobierno estadounidense, se instauró la contrarrevolución dirigida por el otrora líder del FSLN, Edén Pastora, mejor conocido como el “Comandante Cero”. Ésta oposición fue un obstáculo importante para los planes de resarcimiento al pueblo nicaragüense que tenían los sandinistas.

         Para 1984 se celebran elecciones, resultando triunfador por un amplio margen Daniel Ortega Saavedra. No obstante, la contrarrevolución financiada por los EEUU seguía siendo una molestia para el gobierno sandinista, por lo que fue necesario iniciar un proceso de paz que concluyó con las elecciones generales que se efectuaron en febrero de 1990, de las que el FSLN obtuvo el 40.82% de los votos, y la Unión Nacional Opositora (UNO) el 54.74%, resultando así ganadora Violeta Barrios de Chamorro.

         Después de 11 años de estar al frente del país —los 5 primeros como coordinador de la Junta de Gobierno—, Ortega continuó dirigiendo al FSLN como partido político, en donde apoyó diferentes movimientos sociales en contra de los gobiernos en turno. Se presentó como candidato presidencial en las elecciones de 1996 y de 2001, sin haber obtenido el triunfo. Continuaba teniendo una imagen aceptable de líder revolucionario.

         De nueva cuenta se postula como candidato presidencial en las elecciones celebradas en noviembre de 2006, obteniendo el triunfo con el 37.99% de los votos. A ese tercer periodo al frente del gobierno de Nicaragua, le siguió un cuarto del año 2012 al 2017 (con el 62% de los votos), continuando con su quinto periodo del último año mencionado a la fecha (72.5% de la votación), habiendo tenido así en esta segunda ocasión ininterrumpida 15 años como presidente.

         En 2018 se realizan diferentes protestas sociales en contra del gobierno de Ortega, en las que se desbordó la violencia que provocó la muerte y desaparición de cientos —¿miles?— de personas, acusándosele de responsable al propio régimen sandinista. Tales acontecimientos provocaron que los reflectores internacionales se dirigieran hacia la nación centroamericana, haciéndosele señalamientos de graves violaciones a los derechos humanos de los nicaragüenses.

         Lo anterior, aunado a la persecución de periodistas y opositores a su gobierno, así como el imponer como su compañera de fórmula en la vicepresidencia en las últimas elecciones referidas, a su esposa Rosa María Murillo Zambrano (también integrante del FSLN desde finales de los años sesenta), han cambiado su imagen como político, perfilando ahora paradójicamente como un dictador.

         Esa decepción que ha provocado en muchas personas, tanto dentro como fuera de su país, se ve fortalecida por las condiciones en las que nuevamente se presentó el domingo pasado a las elecciones presidenciales (por un sexto periodo), ya que “…Ortega y Murillo eliminaron, a través de leyes confeccionadas de antemano, a todos los precandidatos presidenciales que representaban un peligro para ellos en las urnas. Una encuesta publicada por CID-Gallup a mediados de octubre reveló que el 65% de los consultados votarían por cualquiera de los siete aspirantes opositores arrestados —Cristiana Chamorro, Félix Maradiaga, Juan Sebastián Chamorro, Medardo Mairena, Miguel Mora, Arturo Cruz y Noel Vidaurre— antes que por el presidente, mientras que sólo un 19% lo haría por Ortega.…” (“Elecciones en Nicaragua: las claves de una votación donde no se elige nada”, Wilfredo Miranda, El País, 05-noviembre-2021).

         Asimismo, “es probable que, después de que Ortega se vuelva a proclamar presidente el domingo para su tercer mandato consecutivo, se multipliquen las declaraciones de ilegitimidad por parte de la comunidad internacional. Esto implicará más sanciones, pero a la vez, probablemente, más represión para los nicaragüenses. Y, como se ha demostrado en los últimos años, la represión política suele ir acompañada de migración forzada, un fenómeno que ya está en crecimiento, impulsado también una economía en declive” (Ídem).

         Bien pudiéramos especular sobre un complot de los detractores de Daniel Ortega para desprestigiarlo, pero el haber colocado a su esposa como vicepresidenta, las protestas sociales reprimidas en 2018, las desapariciones y muertes durante su gobierno, así como el encarcelamiento de candidatos opositores y la fortuna que dicen ha amasado, indefectiblemente nos llevan a compararlo con su otrora enemigo y dictador Anastasio Somoza Debayle.

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